Lucio Contigiani (1956 - 2011)

por Tomás Waller

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Nació el 30 de Junio de 1956 en Buenos Aires, de chico nadó el Carapachay en la quinta del Tigre, hizo atletismo, salto olímpico, y jugó al golf y al tenis. Al egresar estudió locución para vencer una incipiente tartamudez, luego medicina y biología, carreras estas últimas que no concluyó. Hablaba y escribía Alemán de una manera artesanal, el que aprendió de su madre, el colegío alemán y la comunidad que frecuentaba.

La pasión por la naturaleza lo hizo incursionar en la fotografía y el cine. Se autodenominaba “documentalista fílmico-fotográfico” y, a pesar de su obsesión por el cine, su fuerte era la instantaneidad. En el cine, como en la vida real, era desordenado, inconstante, caprichoso y obsesivo.

Por sus fotos recibió premios, su mayor orgullo fue la “Pirámide de Plata”. Su obra abarca revistas, manuales educativos, enciclopedias y almanaques de una época donde la conservación era pura pasión, y a la que Lucio se entregó con una convicción innata. Las fotografías que tomó reflejaban su alegría de vivir más allá del bagaje que sabíamos arrastraba su alma pero con el que nunca medró.

Su pasión por la naturaleza era fruto de su inocencia. Esta lo salvó, lo llenó de amigos aquí y allá, lo hizo viajar por el país y el mundo, y lo hizo dar pero también exigir cariño de manera desesperada. En la amistad era muy demandante pero también consecuente; precisaba que lo necesiten. Los amigos de sus amigos pasaban sin más a ser sus amigos. Su ritual eran las reuniones de los miércoles en Aves Argentinas y las visitas a la Reserva de Ribera Norte, donde hizo sus primeras armas y obtuvo sus primeros logros como conservacionista.

Amaba a su país, al que reconocía en el tango, el Tigre, el Iberá y su Aguará Guazú, el Chaltén, el Aconcagua, su perros y sus tortugas. No creía en el más allá, y sus preferencias culturales, como en la amistad, eran irrevocables: recitaba a Almafuerte, sentenciaba con Nietzche y en lo clásico sólo apreciaba la música de Wagner, Mozart y Beethoven. En el folklore fue sólo incondicional con Mercedes Sosa y José Larralde.

En el último tiempo vivía de sueños. "Necesitaba" ser ciudadano europeo y volver a Alemania donde la buena fortuna, decía, lo aguardaba. Solía confundir la realidad con sus fantasías. Siempre optimista y capaz de sonreir en la adversidad que lo tocaba.

Fue mi gran amigo. Fue también amigo de muchos a los que se entregó sin dobleces, y a quienes siempre volvía de una u otra forma y así narrar anécdotas cada vez más disparatadas como inverosímiles.

Su alma tenía un abismo que periódicamente lo acechaba y que finalmente tocó su corazón. ¡Corazón de Atleta! decía tener, con el que nos inundó de afecto y resistió los embates hasta apagarse un 13 de marzo a los 54 años.

Hasta siempre Lucio!